Para sobrevivir en este valle se debe ser una fiera.

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Mona Caron «Weeds«

Y bueno, resulta que hoy es la primer luna menguante que pega sobre el Anawak (así me gusta nombrarle), la primera de este año 2015. También han desfilado ya por aquí los álgidos vientos del norte, montados sobre las gordas nubes que mean en este valle, siempre en estos días, como cada año, como siempre. Dos señales naturales que me hacen pensar mucho en las cosas que me gustan de esta vida y que no son muchas. De las plantas lo que más me gusta es que dedican su vida a crecer, a defender y reivindicar su existencia, pues ellas se aferran a la vida muy a pesar nuestro. Siempre es posible apreciar su verdor matizando la rajada cara gris del concreto, hasta que por fin llega el tiempo en que florecen. Viven aferrándose a un pedacito de suelo, chupándole lo mínimo necesario a la tierra bajo nuestra mancha asfáltica, fracturando con sus finas raíces la dureza de las losas, penetrándolas hasta alcanzar el fértil humus, residuos aprovechables de vidas ya extinguidas. Me gusta pensar que la humildad de esas plantas salvajes no es más que la manifestación de una fuerza viva que yace sepultada por nuestra naturaleza urbana. Y nos recuerda que está ahí, que siempre ha estado ahí, que algún día nosotros ya no estaremos ahí, pero seguirán brotando de las más insólitas averías de nuestro paisaje los indómitos y fugaces dientes de león (taraxacum officinale), esas fieras que transitan resistiendo en rebeldía.